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MÁS VALIOSO QUE EL ORO, ES EL TIEMPO

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Llovía fuertemente y bajo la tormenta, navegaban luchando con sus remos, las olas levantaban la embarcación, para después verse rodeados de montes de agua salada.

Era media tarde y tenían incertidumbre de llegar a salvo a tierra o perecer en la tempestad.

Los relámpagos se dejaban ver y escuchar de cerca.

No pudieron predecir este acontecimiento, les tomó de sorpresa esta tormenta, ya faltaba poco para llegar, pero la marea lo hacía imposible.

Había un temor latente en los pensamientos de los pescadores y no querían que se hiciera realidad, que tal vez, “tanto luchar para en la orilla ahogar”

La mayoría estaban preparados físicamente, para so­portar esa fuerte lucha, pero moralmente, sólo uno se sentía en paz de recibir la muerte, si así era preciso      ¿ Por qué los demás no ?

Su conciencia les reprochaba muchos errores de la vida, aquella mujer qué abandonaron, ese tiempo tan hermoso que desperdiciaron, esa ayuda que omitieron, insultos que levantaron, cosas que llegaron a robar, la esclavitud que tomaron con su carne, etc.

En el pensamiento de uno de ellos sonaba un eco:

¡ Hoy comprendo porqué se le teme tanto a la muerte !

En ese momento una ola los volteó de la embarcación y sin salvavidas, flotaban perdidos en el mar, la embarcación se hundió, las aletas de los tiburones se dejaban ver al poco tiempo.

Se juntaron los náufragos formando un círculo, todos con la vista en aquello que los acechaba.

Era momento de tensión, de angustia, de impotencia, la mente de cada uno, trabajaba más rápido que de costumbre, los corazones no dejaban de palpitar fuertemente.

Sus pensamientos pasaban tan rápidos que sólo provocaban espanto en ellos mismos, sin poder hacer nada. 

¿ Mi esposa y mi familia, qué será de ellos ?

¿ Nos matarán los tiburones ?  

¡ Ojalá y alguien nos rescate !

¡ Ya nos estamos cansando de nadar !

Si nos morimos        ¿ qué fue de nuestras vidas ?

Entre ellos había un joven, que tenía dudas de un más allá y de la misericordia de Dios.

Llegó un tiburón y le arrancó una pierna, empezó a tragar agua y en ese angustioso momento, por la gracia de Dios, pudo superar su falta de fe. Arrepentido de sus pecados, decidió confiar en Dios y pedirle su perdón.

Nadie sabe a dónde fue a dar su alma, ni qué tan grandes fueron sus pecados, pero los que recordaron su muerte, oyeron en sueños, su voz que les decía: “Tiempo que no es para Dios, es tiempo perdido”…

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