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EL VALOR DE UNA SONRISA

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En lo alto del monte, una anciana, vivía un gran misterio en su corazón.

Sus sobrinos se turnaban para cuidarla y llevarle lo necesario.

 Mucha gente acudía a ella a visitarla. Su aspecto no era atractivo, pero su trato personal era muy especial, pocos podían comprender de dónde brotaba tanta belleza.

 La alegría que brotaba de ella, no era el resultado de ser egoísta, hipócrita o sinismo, era la brisa del agua viva, que ha llevado desde siempre, en su alma.

 Los curiosos que llegaban a visitarla, se quedaban desconcertados, al ver la pobreza en que vivía.

 ¿ Qué había de extraordinario en ella ?

 Una vez llegó un señor a esa casita. Con trabajos subió el monte y llegó muy cansado. No estaba impuesto al ejercicio, por la vida cómoda que llevaba.

 Tocó y con amabilidad la anciana le abrió la puerta.

(Ella) ¡ Buenos días !

(El)  ¡ Buenos días ! He oído hablar mucho de usted y quise conocerla.

(Ella) ¡ En verdad, no sabía que fuera famosa !    ¿ En qué le puedo servir ?

(El) La verdad es que ando angustiado y pensé en platicar con usted.

(Ella) Pase y le serviré un té.

El señor se sentó en una silla, a la mesa y la anciana escuchaba, todas sus amarguras.

 Después de cansarse de hablar el señor, hubo un silencio, en el cual empezó a saborear su té y miraba, a través de la ventana, el paisaje de aquel monte, con vista al mar.

Volteó con la anciana y en ese momento, ella le sonreía.

El se quedó prendido, del misterio de esa sonrisa pura, de la pobre anciana.

 Con esa sencillez, ella lograba penetrar en los sentimientos más íntimos, de un alma turbada, por la precipitación de la vida.

 Sin palabras, sólo con una sonrisa, lo hacía sentir acompañado, aceptado, comprendido.

 El se empezó a dar cuenta, que la anciana irradiaba una dulce forma de ser,  en ella veía sinceridad, apertura, alegría, y sobre todo paz.

Los grandes negocios de este señor, no lo habían llegado a hacer sentirse así, ni las mujeres más hermosas, con sus carcajadas lujuriosas, todo eso, no fue suficiente para abrir su corazón.

 Después de quedar prendido, del misterio que despertó esa sonrisa, volvía a visitarla una y otra vez, para compartir la paz, que desde esa sonrisa, había ungido su corazón…

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