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LA SEÑAL

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La semilla, al principio no tenía valor, era igual que todas las demás, amontonadas en un gran almacén, listas para llevarlas a su destino…

Junto con otras, fue introducida a un costal y fue a dar a los almacenes del rey.

El rey fue y de muchos costales, escogió uno y con su mano izquierda, tomó un puñado de semillas, escogiendo con la derecha únicamente esta semilla.

La plantó, en medio del jardín principal, de su palacio.

El rey le dijo a Dios:

 Si prende esta semilla, haré la paz con el pueblo vecino, si no, les haré la guerra, porque yo no soy Dios y necesito una señal tuya, ya que con la inteligencia, prudencia y sabiduría que me has dado y los súbditos que has permitido que estén a mi servicio, no hemos, sino caído en relatividades de justicia o injusticia y no tenemos la verdad completa de lo VERDADERAMENTE JUSTO.

Las conclusiones relativas, me llevan a tomar decisiones inseguras, de estar verdaderamente en lo correcto.

Mientras veo si crece o no la semilla, tal vez nos ilumines y nos hagas ver más claro, sin dudar lo que es tu voluntad.

Por eso te pido que me hables a través de esta señal.

El tiempo comenzó a correr a partir de ese momento, después, al ver que esa semilla no crecía, el Rey comenzó a prepararse para la guerra.

La semilla se dió cuenta de lo que estaba pasando y también se dirigió a Dios y le dijo:

Señor, tu que preparas la historia de la humanidad y en tus manos está el destino ¿Por qué me escogiste a mí, para que de mi dependiera una guerra o la paz?

¿ Por qué no escogiste otra semilla ?

¡ Mírame ! Por más esfuerzos que hago, en tomar los minerales de la tierra y aprovechar el agua que me dan, no logro crecer, estoy sin florecer.

Dios permaneció en silencio, la semilla sintió un gran peso moral, porque de ella dependía que se salvara un pueblo o muriera.

Una noche, en aquella oscuridad, bajo la tierra, la guerra se desató dentro del espíritu de esta semilla.

Pensamientos tormentosos la angustiaban y otros pensamientos le traían paz.

¡ Eres una inútil !   ¡ No sirves para nada !

¡ Por tu culpa morirá todo un pueblo !

¡ Hago todo lo que puedo, no puedo más !

¿ Por qué no me dices nada, Dios mío ?

¡ Te quedas callado !

 ¿ Qué debo hacer, más de lo que estoy haciendo ?

 Y los pensamientos seguían atacándola:

 ¡ Mereces el infierno !  ¡ Otra en tu lugar ya hubiera florecido !

 Agotada de esa lucha interna, la semilla con sentimientos de culpa, le dijo a Dios:

 Dios mío, si me das una luz para hacer algo, lo haré.

Si me lo pides, es porque lo podré hacer, aunque siento que ya casi muero, ten misericordia de mí y de tu pueblo y permite que yo florezca, o dale la paz a ese pueblo, aunque no sea a través de mi.

Lo único que sé, es que estoy en tus manos, porque por mi misma, no he podido florecer, por eso, en tus manos encomiendo esta causa y la semilla murió…

Al pasar unos días, el Rey se levantó temprano y se dirigió al jardín.

Era el último día que se había dado de plazo, para que a través de esa señal, tomar una decisión definitiva, de paz o de guerra.

¡ Oh sorpresa! ¡La semilla había florecido !

¡ Había sido necesario que la semilla de trigo muriera, para dar fruto !

Tuvo que morir con FE EN DIOS, en medio del silencio y la oscuridad,

eso le valió para dar la Paz, al pueblo de Dios…

El rey mandó adornar su trono, con espigas de oro, porque le trajo la Paz que El y todos querían…

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