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ARRIESGARSE PARA VIVIR

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Rangel satisfecho tomaba las monedas de oro en sus manos con carcajadas, ja, ja, ja,  “Logré mi objetivo”. ¡Pobres idiotas!

Si robaran como yo, pronto serían felices.

 En las sombras de la casa retumbaba su voz.

 El pensaba que había encontrado la verdadera felicidad en el dinero, vivió a su antojo y se decía: nada me ha dado felicidad como el dinero, viajes, vicios y mujeres, placer, placer y más placer.

 Su egoísmo engordaba, como cerdo a la matanza.

 Sentía rencor y envidia por aquellos que lo superaban y que podían alcanzar mejores lujos, o mayores comodidades.

 Su lema era “comamos y bebamos que mañana moriremos”.

 Daniel, Su vecino de condominio, tenía otro lema contrario, que decía:

 “Sembremos y muramos, que mañana viviremos”.

 Por lógica no se identificaban en nada. Uno egoísta, el otro caritativo, uno cerrado a la vida, el otro abierto, etc.

 A pesar de todo, se saludaban, uno por caritativo, el otro para evitarse problemas.

Una vez se encontraron en el estacionamiento y se pusieron a dialogar, le preguntaba Daniel:

 Si te aseguraran que hubiera una vida mucho mejor que ésta y eternamente duradera:  ¿Cambiarías todo tu tesoro, por esa vida?

 (Rangel) ¡Claro que si!   pero como son puras fantasías, por eso ¡No! Ja, ja, ja, ja.

 ¡No hay nadie del cielo que haya venido, para contarnos de El!

Le rebatía Daniel ¡ Sí ! sí lo hay.

 Con asombro preguntó Rangel   ¿quién es?

( Daniel ) ¡El hijo único de Dios!  ¿No has oído hablar de El?

(Rangel) Si, pero no creo en El.

 (Daniel) ¿Por qué no?

 (Rangel) Es muy idealista   ¿quién se atreve a dar la vida por El?

 (Daniel) Le contestaba:   ¡Todos los Santos y Mártires de la Historia!

 (Rangel) Mencionas a locos igual que El, sigo sin creer.

 Le preguntaba Daniel  ¿cómo te enseñaste a nadar?

 (Rangel) ¿A nadar?

 (Daniel) Sí, a nadar.

(Rangel) Pues tratando de nadar, o sea, nadando.

 (Daniel) De igual manera nunca podrás creer en Dios, si no intentas creerle, los cobardes no se arriesgan, a ser coherentes con la verdad, haz la prueba y verás qué bueno es Dios.

  Esas palabras retumbaban en Rangel, en su Yo egoísta, en su Yo encerrado, lo hicieron sentir lo que era,  ¡poca cosa!   

 Insatisfecho con sus valores espirituales, sentía la necesidad de algo más trascendental, que lo realizara plenamente para toda la eternidad, su conciencia le reprochaba esa actitud materialista y limitada para su ser.

Al transcurrir el tiempo, se comenzó a hartar de sí mismo y de la rutina del placer, hasta entonces se decidió a cambiar, se dio valor a sí mismo para arriesgarse, a poner la fe que había recibido en el bautismo, en el Hijo único de Dios.

Aunque esta decisión de cambiar el, le costó mucho trabajo, y veía oscuro el camino y tenía muchas dudas de Fe, sin embargo, al intentar una y otra vez, ayudado por Dios, su espíritu se fortalecía, viéndose a sí mismo, a través del tiempo, convertido en discípulo de Dios…

 Conforme iba viviendo sus experiencias de Fe, constataba la frase que había oído de su vecino:

 “El que confía en Dios, no quedará defraudado”.

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