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FLORECIMIENTO DE LA NAVIDAD

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En medio del bosque nevado, metido en su cabaña, al calor de la fogata de la chimenea, fumaba su pipa pensativo.

Se mecía viendo al fuego, un señor que dejaba volar sus recuerdos de aventuras anteriores.

Habían pasado dos años de una experiencia impactante.

Mientras recordaba, Junto a él, su hijo pensaba en la llegada de su novia, que venía con sus papás y sus hermanos; llegarían al día siguiente a las 7:00 A.M. para festejar tradicionalmente, las dos familias, la Navidad.

En la mañana fueron por ellos y en la noche, sentados a la mesa, entre Santa Claus y el árbol de Navidad, convivían a la luz de las velas; después de la cena fue el intercambio de regalos y al estar en esto, tocaron a la puerta.

Era media noche y todos se admiraron que a esa hora y por ese rumbo, alguien tocara a la puerta.

El papá del novio abrió la puerta y lo que vio fue un pobre vagabundo con frío, que quería que le diera hospedaje.

Aquella petición a todos les pareció muy inoportuna.

Esta situación hacía romper un momento íntimo familiar, esperado por todo el año; mientras, el vagabundo insistía: “por favor, déjenme pasar, tengo frío y no he comido”.

Se miraron unos a otros y el papá del novio tomó la decisión: lo dejó pasar, le acercó a la chimenea y le trajo de cenar.

Por ser la decisión del dueño de la casa, nadie se atrevió a protestar.

Trataron de ignorar al vagabundo y seguir con el festejo.

Llegó la hora de brindar y como era costumbre, todos se acercaron a la chimenea, pero no se animaron a quitar de entre ellos a ese hombre, así que iniciaron el brindis.

Unos brindaron por los papás, otros por la felicidad, otros por la próxima boda, el novio por la novia y viceversa.

Mientras todos brindaban, al papá del novio le parecía conocida la cara del vagabundo.

Dejando de poner atención, a las palabras que todos pronunciaban, fijaba la mirada en aquel hombre, a la luz de la fogata.

El extraño permanecía sentado, mirando a la fogata, mientras todos permanecían de pie.

De pronto todos callaron, esperando las palabras del dueño de la casa, ya que había llegado su turno.

En ese momento recordó la cara del vagabundo, era aquel hombre que una vez le había salvado la vida.

Aquella vez que andaba esquiando se había despeñado y se había quedado enterrado en la nieve.

Se había roto una pierna, y había perdido el conocimiento.

Este vagabundo al ver el accidente, acudió en su ayuda, lo desenterró, le entablilló la pierna con un ski y cargando con él, lo llevó al pueblo más cercano, donde el accidentado recobró el conocimiento y se dió cuenta de quién lo había ayudado.

De no ser por esa ayuda, habría muerto.

Sólo había esperado el vagabundo, dejarlo en buenas manos, pagó de su bolsa lo que le quedaba ahorrado y partió de nuevo.

Entonces, todos notaron una mirada estupefacta en el dueño de la casa, dirigida a este hombre, y en aquel silencio se escuchó el brindis:

Yo brindó por esta persona que me salvó la vida, brindo por este hombre a quien todos ignoramos, pero que ha pasado a ser luz de todas mis Navidades, porque ha encendido en mi corazón el fuego del amor verdadero.

Gastó en mi curación, lo que tenía ahorrado.

Y en ese momento, entre lágrimas de agradecimiento,  les contó la historia.

El vagabundo se comenzó a sentir raro, ya que no se sentía digno de tantos halagos.

De casualidad, había pedido albergue en esa casa, sin saber a quién se lo pedía y solamente hasta que fue reconocido, él reconoció al señor de la casa.

Todos abrieron su corazón  a este visitante, le pidieron que brindara, y cohibido, sólo sabia la vida que encerraba dentro.

Se habían muerto hacía algunos años su esposa y sus dos hijos, cuando viajaba con ellos en un tren, que se descarriló.

A partir de entonces se había propuesto vagar por el mundo, sembrando amor y caridad a todo el que encontrara en su camino.

Así que estaba orgulloso ante el señor, de haber podido ayudarlo, y así continuar un tesoro de méritos, para encontrarse con los suyos, después de esta vida.

Se conmovió ante la situación que le rodeaba y se le rodaron las lágrimas, Sólo alzó su copa y brindó por el amor.

Aquel hombre dejó un testimonio tan grande en el corazón de todos, que solamente cuando trataron de seguir su ejemplo, comenzaron a vivir verdaderamente la Navidad…

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