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viernes, 17 noviembre 2017
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ARMONÍA

Había una vez un niño de cinco años, que salió de su casa, en una mañana fresca y con sol.

Al salir, propiamente ya estaba en el campo, puesto que era una aldea del pequeño pueblo.

El brillo del sol se reflejó en un trozo de alambre, tirado en la tierra, a medio oxidar, y atrapó la atención de este niño.

Para entonces, ese alambre no había tenido ningún valor, para nadie.

El niño se acercó, lo tomó en sus manos y comenzó a formar con sus tiernos dedos, la figura de un auto.

Al niño le brilló el rostro de alegría, vió que tenía un auto elaborado por él, donde podía pasear su imaginación.

Con él comenzó a cruzar los montones de tierra, a su rededor, que para él eran montañas.

Con su auto cruzó los ríos,  valles, bosques y en su imaginación vivía grandes aventuras.

La felicidad y la paz, no se veían turbadas, tenía todo el tiempo para viajar y disfrutar de su realidad imaginativa, que para él era vida.

No necesitaba hacer grandes inversiones, ni almacenar en graneros grandes cosechas, para vivir lo que todo hombre busca en esta vida:

una verdadera felicidad.

¡El ya la tenía!  le bastaba un trozo de alambre, como medio para transportarse, a un mundo de felicidad, de paz, de aventuras, ilusiones, fantasías y búsqueda, envuelta de Amor a la Vida.

En ese momento pasaba un hombre joven por ese lugar y se quedó contemplando al niño, le llamó la atención, vió cómo se entretenía él solo y construía un mundo interior, que tal vez al paso de los años, se manifestaría...

El hombre se vió a sí mismo y se le antojó verse tan feliz y satisfecho, como ese pequeño, se acercó  al niño y lo contempló de cerca.

El niño con su espontaneidad, comenzó a platicarle sus aventuras e ilusiones. Tomando un trozo de madera, que estaba tirado ahí, invitó al hombre a jugar. Ese trozo de madera, también se vió convertido en otro auto.

El rostro del señor comenzó a sonreír, había sido dócil a participar de la vida del niño, después de jugar un rato, las carcajadas del señor no podían sostenerse, terminó sentado en la tierra cormo el niño, igual de alegre que éste.

¡Ese momento fue clave para este hombre!

Tenía mucho tiempo de no disfrutar de la vida como lo hace un pequeño,

el ajetreo de la vida y sus responsabilidades, lo habían hecho cambiar tanto que casi olvidaba soñar y reír.

Tal fué su agrado de haber participado de los sueños y juegos del niño, que éste iluminó de nuevo su ilusión por la vida.

Se levantó, sacudió sus pantalones y le dió una moneda al niño, para que se comprara algún chocolate.

El niño había partido feliz a realizar su compra y el hombre continuó feliz su camino, soñando en el auto de alambre.

Desde ese día, cada vez que veía un trozo de alambre a medio oxidar, su rostro se iluminaba de ilusión y gozaba recordando, que había encontrado en aquella mañana, un gran amigo que le había devuelto la ilusión por la vida, al recordar su niñez.

Reconoció que la vida no puede ser vida, si mutilamos a nuestro niño interior, al querer ser únicamente adultos.

Se fué caminando y al llegar a su casa, abrazó a su querida esposa.

Le expresó en ese momento, la gran esperanza, por tener un primer hijo con ella, haciéndole ver, que "todos necesitamos de todos" y que la felicidad no es vivir únicamente cómodos, sino compartir la vida, que todos llevamos dentro...